Hace unos días me aventuré a realizar un trabajo que nunca había hecho: estuve en una empacadora. Por razones de confidencialidad, no mencionaré el tipo de producto ni el nombre de la empresa; simplemente diré que participé como una trabajadora más dentro del proceso.
La experiencia fue intensa desde el primer minuto. Podría decir que el ritmo de la línea de producción era desenfrenado: cajas, cintas transportadoras y manos que no se detenían ni un segundo. Cada persona tenía un rol claro, y el objetivo era uno solo: producir lo más rápido posible. Sin embargo, pronto me di cuenta de que en medio de esa velocidad había un dilema oculto: la tensión constante entre perfección y rendimiento.
A veces, para cumplir con la meta de unidades por hora, se pasaban por alto pequeños detalles que, desde la perspectiva de la calidad, podían marcar una gran diferencia. Y ahí estaba yo, tratando de seguir el paso sin dejar de ver esos detalles, con la sensación de que mis ojos tenían que trabajar más rápido que mis manos.
La productividad sostiene a la empresa, pero la calidad sostiene su reputación. Sin embargo, en el día a día, cuando el reloj y las metas de producción presionan, la balanza tiende a inclinarse hacia la velocidad.
Con cada caja cerrada y enviada, me preguntaba: ¿vale más cumplir con la cuota o garantizar que todo salga perfecto? No había tiempo para debatirlo; la cinta avanzaba y las decisiones se tomaban en fracciones de segundo.
Con el paso de las horas, entendí que la respuesta no era tan simple. La productividad sostiene a la empresa, pero la calidad sostiene su reputación. Sin embargo, en el día a día, cuando el reloj y las metas de producción presionan, la balanza tiende a inclinarse hacia la velocidad.
No sé si algún día volveré a tener una experiencia como esta, pero lo que sí sé es que nunca olvidaré lo que significa estar frente a esa línea de producción. Admiro profundamente a las personas que lo hacen a diario, con disciplina, destreza y resistencia. Ponerse en ese lugar nos recuerda lo que realmente sucede detrás de cada producto: el esfuerzo humano, el cansancio, las decisiones rápidas y la presión constante. Es un trabajo que merece respeto y reconocimiento.
Esa experiencia me hizo ver que este no es un dilema exclusivo de una empacadora. Pasa en fábricas, en oficinas, en hospitales y hasta en proyectos personales: muchas veces sacrificamos la calidad para cumplir con los tiempos, o sacrificamos el tiempo para cuidar la calidad.
Al final de mi jornada, mientras me quitaba el uniforme y miraba la línea de producción desde afuera, pensé que el verdadero reto no es elegir entre calidad y productividad, sino encontrar la forma de que ambas convivan sin que una devore a la otra.
Porque un producto rápido pero defectuoso es un problema, y un producto perfecto pero eternamente demorado… deja de existir en el mercado.
Ese día no solo aprendí a embalar, sino a reconocer que la excelencia está en el equilibrio, y que detrás de cada caja que llega a nuestras manos hay una historia de decisiones que, muchas veces, no vemos.
En tu día a día, ¿qué priorizas más; hacer las cosas bien o hacerlas a tiempo?
